"El día que empezó a desaparecer Santiago"

DDHH 17 de septiembre de 2017 Por
Por Carlos Balmaceda
Santiago-Maldonado-Tute
Ilustración: Tute

Santiago empezó a desaparecer a los cuatro días de iniciado este gobierno, cuando Bullrich mandó un camión lleno de gendarmes a reprimir a la Tupac en Jujuy. 
Santiago empezó a desaparecer ese mismo día, cuando la Policía Bonaerense irrumpió en el centro cultural Batalla Cultural de Vicente López y deambuló con los detenidos sin rumbo y bajo amenazas. 
Santiago empezó a desaparecer en febrero del 2016, cuando un grupo de gendarmes reprimió a una murga de pibes en la Villa 1.11.14.
Santiago empezó a desaparecer cuando el 5 de marzo de ese año un tipo disparó sobre dos mujeres en la inauguración de un local de Nuevo Encuentro, en Villa Crespo. 
Santiago empezó a desaparecer ese mismo 5 de marzo, cuando balearon a un local de La Cámpora en Mar del Plata, o cuando balearon a otro local de La Cámpora en Ramos Mejía, el 20 de agosto de 2016.
Santiago empezó a desaparecer cuando la policía no dejó pasar a militantes por la Plaza de Mayo con remeras que portaran alusiones políticas, aduciendo una orden del Ministerio de Defensa.
Santiago empezó a desaparecer cuando un policía disparó a mansalva a Cristian Toledo en la villa 21-24 de Barracas, o cuando otro policía mató a un menor en San Martín. 
Santiago empezó a desaparecer cuando dos pibes de La Garganta Poderosa fueron interceptados, primero por la Policía Federal, y después por prefectos, que los cargaron en un patrullero, los trompearon, robaron, encadenaron, simularon su fusilamiento y después los hicieron correr a la orilla del Riachuelo.
Santiago empezó a desaparecer cuando un carnicero atropelló con su auto a un ladrón, y una horda lo siguió castigando hasta que murió. 
Empezó a desaparecer con los jóvenes forreados arriba de los colectivos, con los estudiantes del Mentruyt o del Acosta reprimidos en sus propias escuelas, con la autonomía universitaria deshecha en Jujuy y Mar del Plata, con la ausencia de todo prurito legal en el juicio a Milagro, con los jubilados reprimidos sobre el puente Pueyrredón, con las trabajadoras baleadas en La Plata, con los obreros apaleados en Pepsico, con los maestros corridos en la plaza del Congreso, con las mujeres patoteadas en la previa a una marcha de un "Ni una menos", con las mujeres sacadas de los pelos después de esa misma marcha, con los Falcon verde en desfiles patrios, con el 2 x 1, con cada uno que denigró a los organismos de derechos humanos desde una cámara o desde un micrófono, como cuando el candidato a presidente dijo que se "acabó el curro de los derechos humanos". 
Empezó a desaparecer cuando en Lanús se puso en funciones el “escuadrón negro”, un grupo parapolicial que persigue y apalea a los pibes del barrio, bajo la vista gorda de Grindetti y Kravetz, los responsables de reprimir y tirar gases dentro de un comedor infantil y quienes montaron el reportaje a El Polaquito, para que Lanata pudiera difundir el odio y el miedo entre sus espectadores. 
Desde entonces, Santiago viene desapareciendo, y con cada evento viene deshilachándose el estado de derecho: después de la represión a la murga en la villa 1.11.14, la ministra Bullrich, no solo ignoró el hecho, sino que fue a visitar al hospital a uno de los gendarmes implicados. Después de disparar desde su ventana a las militantes de Nuevo Encuentro, el tipo que lo hizo no solo se fue del país, sino que terminó implicando a su hijo, un menor, en el ataque. Después de que se desbarrancó el micro con los 43 gendarmes que iban a Jujuy, se acalló toda investigación sobre el estado del vehículo, pero eso sí, no falta el Mordisquito que te dice que “alguien de la Tupac le disparó a los neumáticos”. Después de que atropellado por el carnicero, el ladrón terminó linchado, el presidente declaró públicamente “El carnicero debería estar tranquilo en su casa”. 
Jamás se supo quién disparó a los locales de La Cámpora, los asesinos de gatillo fácil salen libres y la ley se la pasan por los globos amarillos, cuando le imponen a Milagro una prisión domiciliaria con torres de vigilancia, la obligación de llevar una tobillera para localizarla, pero aún así, tener que presentarse tres veces por día para demostrar que no se fugó. Un trato que no se le dio a ninguno de los más de cien genocidas que están presos en su casa. 
La ausencia de ley permite requisas ilegales en el Alto Comedero, donde siguen presas militantes de la Tupac, que la semana pasada derivaron en que una de ellas intentara suicidarse.
La ausencia de ley ha convertido el caso Maldonado en una bufonada triste, en una burla a los ciudadanos y nos ha vuelto el hazmerreír del mundo.
No había Unimog, pero después, había Unimog. No dispararon, pero hay un video en el que se escuchan los disparos y los gritos de cacería. No había orden judicial de entrar en territorio mapuche, pero entraron. La orden de represión no la dio el jefe de Gabinete de la Bullrich, que se reunió un día antes con los comandantes de Gendarmería, sino que “pasaba” por allí y se bajó a saludar. No los corrieron, pero llegaron hasta el río. No usaron armas sino piedras, con tan buena puntería que una podría haberle pegado a Santiago y haberlo herido. 
Una larga, persistente, vergonzosa cadena de dichos y sucesos unió las cuentas de este rosario que terminó a la vera de un río en la Patagonia. 
Santiago empezó a desaparecer mucho antes, en las acciones del gobierno y en los gritos de sus lenguaraces: en las operaciones de Lanata, en las mesas de Mirtha, en las amenazas de Leuco, en el resentimiento de Feinman, en las mentiras de Majul, y en el odio obtuso de ese pobre hombre que es Baby Echecopar. 
Santiago sigue desapareciendo, cada vez que estos farsantes en el poder se llenan la boca con la República y las instituciones, 
Porque Santiago es todo el daño, el terror y la furia que el gobierno anunció y nos reserva para el futuro.
Pero Santiago, sepámoslo, de ahora y para siempre, es ese que nos juntó a 300.000 personas en Buenos Aires, a 80.000 en Córdoba, a 3.000 en Esquel, ese que se nombra en Madrid, Nueva York, Londres o Moscú. 
Santiago es el quijote de rastas que se largó por los caminos a tatuarse el lamento de los pobres, de los olvidados, es ese linyera anarquista que iba con un libro por todo equipaje, es ese pibe antisistema que le dice no al consumo y se para de manos frente al poderoso, ese hippie no tan hippie, que se puso codo a codo con los mapuches como el sargento Cruz con Martín Fierro, cuando lo rodeó la partida. 
Santiago es cada uno de los pibes que creen en el futuro, porque no les queda otra que cambiar este presente horrible para mañana habitar un tiempo mejor, los que marchan, los que militan, los delegados sindicales, los que alfabetizan, los que toman escuelas, los que reclaman por la ciencia, los que todavía creen que la patria es el otro, aunque ese otro esté adormecido, o se haya vuelto un extraño que cree cada mentira del poder. 
Santiago es, este 16 de septiembre, un pibe más de “La noche de los lápices”, uno que reclama, exige, se compromete, se expone y pierde, sabiendo que la victoria está allí, en la ruta apoyando a cada compañero, y que la caída es un gaje en el oficio del luchador.
Santiago es lo mejor de cada uno de nosotros, y así como empezó a desaparecer con cada una de las brutalidades, delitos y atropellos de este gobierno, aparecerá con cada una de las luchas que demos… y que ganemos.