Carta a los argentinos

Política 26 de octubre de 2017 Por
Por Carlos Balmaceda
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A quien corresponda:

Nadie puede, a cierta edad, en este país, considerarse inocente, así como tampoco nadie puede endilgarnos a ciertos argentinos la culpabilidad por el desastre: el latiguillo que dice "nuestra generación no pudo, no quiso o no supo" o "nuestra generación fracasó" es tan ambiguo y tramposo como el que hoy reza "nuestra generación está cambiando la historia". 
Si de eso se trata, tengo edad cercana a varios miembros del gabinete como para considerarme dentro de esa franja, y puedo asegurarles que si esto, tan parecido a repetir la historia es cambiarla, les pido me dejen fuera del mérito, y al menos me ignoren cuando me vean en la vereda de enfrente, por la que transito, cada vez más, en la solitaria compañía de multitudes tristes y concientes. 
Al país, por estas horas, le quedan dos destinos magros: la caída, que uno prevé estrepitosa, sangrienta y desmemoriada en el mismo punto en el que la calle diga que no y cientos de miles en esas mismas baldosas protesten y digan cómo pudo ser, o la transformación en un país "normal" con la resonancia que esa palabra tenía para un Neustadt en los noventa o tuvo para un Víctor Massuh en la dictadura, por poner dos ejemplos de intelectuales orgánicos, uno más mediático, y el otro más pulido, cuando avizoraban que al fin se cumplía el destino histórico pensando por la oligarquía para este país. 
Ese punto, de ocurrir, sería el no retorno para muchos de nosotros, y pienso algo así como Chile en el ´73, devastada por las bombas y los asesinatos, como el ejemplo más acabado de hasta qué punto se puede tallar sobre el alma y el cuerpo de la gente una nueva anatomía. 
Aquí debería haber una línea de puntos para decir que no, que jamás, que nunca, que este país tiene la memoria de las montoneras, de los montoneros, de los soldados que resistieron a un imperio desde un nido de ametralladora o desde un balcón, o tal vez apelar al mejor de los sentidos comunes y saber que este proyecto es imposible. Me ahorraré esta vez la arenga, el consuelo o la meditación lógica que nos lleva hacia una esperanza que cada vez es más lacerante y boba. 
Lejos está esta suerte de carta abierta de analizar aquí errores propios: que si Randazzo o Cristina, que todos unidos triunfaremos, que el largo plazo, que tenemos que pensar una estrategia para salir de una vez del empate técnico, que la Cámpora no estuvo a la altura, que los gobernadores solo piensan en equilibrar cuentas sin ningún proyecto de futuro. 
Olvídense de eso. 
Olvídense. 
Y volvamos a lo micro, a lo individual, a lo pequeño, siempre mirando a lo colectivo. Y lo micro, lo chiquito, lo personal pasa por contar que me despierto, después de dormir a deshoras, en cualquier momento, con esta angustia de no comprender, el temor de que esto persista y se agrave con esta normalidad triunfante, cuando supuse que el peor momento fue exactamente hace dos años, cuando estuve meses y meses con una angustia por no entender ni aceptar ese nuevo estado de cosas. 
Lo micro pasa por la certeza creciente de que este gobierno será reelecto, y, con una sangría de cuentagotas, los despedidos, los humillados, los sintecho serán contabilizados con una lenta percepción agónica, una rutina que pasará entre la "muñeca" política de la CGT, el posiblismo de nuestros propios representantes, o la sensación de que cualquier posición como la de Cristina, será cada vez más un grito en el desierto, la comedia a contramarcha de lo que "la gente" quiere. 
El menemismo fue un festival de la perversión, pero para los que lo atravesamos, jamás se la llegó a manifestar con una ausencia absoluta de códigos como vemos ahora. Que Biondini diga que globos sobre la muerte no, habla claramente de hasta dónde hemos llegado. Que una mujer, en vez de llamarse a silencio, insista con todas las ofensas dichas sobre un pibe muerto, se justifique, diga que nos perdona y nos tire en la cara que esta vez el estado sí se hizo cargo, conforma una cadena de insultos que hoy, no tengo duda, está pensada para desalentar, aplastar, más allá de configurar el estado moral de los vencedores. Al margen, que el mismo presidente compare el dolor de una madre por un muerto del que es responsable con el dolor que atravesó la suya, cuando su hermana, muerta de cáncer a los 53 años fue producto de las internas de una familia que no vaciló en apartarla, acosarla y hasta perseguir a su pareja, es una muestra de desvergüenza que yo no he conocido y que no tiene antecedentes siquiera en esa época nefasta de decadencia moral que fue el menemismo.
La diferencia es que entonces se palpaba la mala conciencia, había una hendija, compuesta de comentarios maliciosos, en la propia forma de manifestarla de los responsables (envueltos en una orgía de cocaína, pizza, champán y ostentación), o en la evaluación crítica que hacían los periodistas de entonces, vueltos engañosos héroes cívicos que hoy son los principales sostenedores de este orden. 
Nadie, durante el menemismo, me podía hacer creer y hasta maltratarme por desconfiar, que a Cabezas no lo habían matado tal como ocurrió, o que Carrasco había sido asesinado en las circunstancias que efectivamente fueron. Se encubrían asesinatos masivos donde el estado había participado por acción u omisión, pero aún así, supimos que Río Tercero o la AMIA habían sido armados del poder. Se sabía, se decía, se sospechaba. Nadie podía decirme que con Maldonado construí un desaparecido o que Nisman fue asesinado. Hubiera sido demasiado ofensivo para mi inteligencia, y peligroso para la ética de una sociedad entera. 
Jamás el menemismo tuvo, además, adherentes entusiastas. Se sabía que eso, en el fondo, estaba mal, que eso se vinculaba oscuramente con la muerte y la destrucción. No tuvo un Campanella fiscal en una mesa, o un Brandoni gritando a voz en cuello en un restaurante frente a la acusación de la muerte de Maldonado: "les ganamos, les ganamos". 
Es curioso y apenas esperanzador, que todo esto ocurre porque una parte de la sociedad se comprometió de modo profundo con un proyecto, en el que, individualmente, millones nos convertimos en militantes, que no hacemos más que hablar de política, y de sentir que el destino de la patria y el nuestro son uno. 
Es decir, que claramente Carrió y sus dichos y toda esa mierda del que se expone a diario en ámbitos hostiles son más que una respuesta a gritos, un modo de taparse los oídos y gritar que no existen, que se van, que son solo una minoría intensa de fanáticos que pueden llenar una cancha, que son el pasado, que son cómplices, que están equivocados. 
Entre los electos y beneficiados en estas elecciones está el elenco más grande de corruptos que pueda imaginarse: Ducoté, González, Costa, Macri. Nadie que se pavonee contra la corrupción puede votar a favor de ella. Muchos sabemos que es una trampa, un engaño, algo mucho más perverso que el menemismo que ha desbordado sus cloacas y nos llena de mierda a diario. 
¿Entonces?
Vuelvo al sentido de esta carta. 
No puedo pedirle a un científico que abandonó la certeza del buen trato, de la buena paga, la posibilidad de darle un buen hogar a su familia, que se quede. 
No podría siquiera pedirle que vuelva mañana, si las condiciones se parecieran a las que conocimos. 
No puedo decirle a quien inicia su vida que se quede aquí a pelearla, que todo resultará para mejor. 
Me afilié a un partido político después de atravesar una adolescencia espantosa en dictadura, milité a mi manera y me desencanté, atravesé ese río de mierda que fue el menemismo sin dejar de pensar en mi proyecto personal, que nunca tuvo un rumbo ni definición precisas, pero ahí están mi título de profesor de Lengua y Literatura, el de sociólogo, mis libros publicados, las obras de teatro puestas. Configuré, recién ahora, un umbral desde el que puedo partir con más confianza y solidez, pero no le pediría a nadie que lo intente, sobre todo en un mundo que se ha vuelto cada vez más pequeño y que, aún con toda su sordidez, no le tendrá destinado en su lugar de inmigrante, las ingratitudes que tu propia tierra te depara. 
Que alguien entre los 25 y los 30 sea infinitamente mejor que Carrió y tenga que soportarla, y admitir que un 50% de una ciudad la elige, no es algo que deba padecerse, sobre todo, porque a esa justificadora serial del crimen y la corrupción, se la entroniza como una fiscal y mañana mismo podría ser presidente, lo que ya, de todos modos, no hace gran diferencia: un pedófilo, violador, capomafia, estafador y contrabandista lo es, y hay una porción de la población argentina que lo ve como el epítome de la honradez. 
Es duro. 
Muy duro. 
¿Qué le puedo decir al pibe humillado en un control de tránsito, a la manoseada después de una manifestación, al que -sabemos que eso se viene- no podrá ni siquiera manifestar su sexualidad, sobre todo, si no le da el piné de clase que engañosamente lo hace ver como alguien "normal"?
¿Qué le puedo exigir al que ya no tendrá cobertura de salud y que ha visto a su abuelo perderla?
¿Que le puedo pedir al pasante, al flexibilizado, al que verá una y otra vez que la mediocridad triunfa?
¿Patriotismo le exijo, que luche le exijo, que se quede aquí a pelearla? 
Un país es un delta con infinitos ríos. En sus derivas, en sus perdidos cursos de agua, nos topamos con la miseria y la desgracia. Qué le puedo pedir a la que fue maltratada en esos meandros, que está sola, que ha conocido el horror de los hombres y ve, como un espejo a futuro que eso se repetirá y se encarnizará con una hija. 
No solo no les puedo pedir nada, sino que con amor y dolor, tengo que decirles "corran, salven la ropa, hagan donde sea una fundación simbólica de argentinidad, váyanse de esta puta nave madre y anden en bases ajenas pero con corazones propios, salvados de la mugre".
Los uruguayos, doctorados en exilio, tienen toda una literatura sobre el tema. Recuerdo al pasar una canción de Leo Maslíah, dirigida a un tal Miguel, al que, en los hitos que engarzan la pérdida de su identidad, termina llamando Manuel. "Vos vas a tener muchos chiches, muchos chiches, pero Miguel, vení a jugar acá". 
Acá no hay, no puede haber reproche, porque ni los que nos quedamos, sabremos si dentro de diez años, tendremos trazas de nuestra identidad, en caso de que este proyecto modifique esta sociedad y la convierta en un hato de cagones y alcahuetes. 
A lo sumo seremos momias parlantes, viejos y molestos testigos de lo que pudo ser y no fue. 
"Cuantimás lejos te vayas, más te tenés que acordar" aconsejaba Zitarrosa.
Puede ser, pero solo de lo que intentamos, de lo que amamos, de lo digno. 
Una vez me tocó trabajar con un chileno, un clown, había militado, había estado clandestino, escapó y se refugió en Estados Unidos. 
Hablaba horrores de su país y de su sociedad. 
Era clown, trataba a los pibes con una dedicación y una dulzura admirables. Era insospechable. Seguía siendo un militante comprometido que creía en el proyecto de Cristina. 
De acá a treinta años con una sucesión presidencial que nos lleve de Macri a Vidal, de Vidal a Massa y de vuelta a Macri, a un Urtubey, a un Fernando Iglesias ministro, ¿qué recordaría alguien que se fue en sus treinta de este pasado que hoy puede ser futuro?
Me quedo yo, estoy demasiado enraizado como para irme, y muy viejo como para soportar un maltrato nuevo que aquí evito a fuerza de aislamiento y necedad, pero le digo a quien quiera irse, incluso a los que más quiero: vuelen, salgan, este país hoy es portador de muerte. Simbólicamente, tal vez seamos como el soldado clase ´62 Poltronieri, que resistió él solo con la MAG a un batallón de ingleses, tal vez mañana vuelvan y sean la vanguardia del contraataque mientras nosotros les cuidamos las espaldas, o tal vez no, tal vez sean los que alguna vez nos visiten y con cierto orgullo y un poco de hartazgo, nos vean como esos personajes de Aristarain, descreídos, monocordes, que salvaron la ropa de su humanidad al precio de quedarse solos en una sociedad de zombies. 
Ese ese caso, que la visita sea corta, piadosa y cálida. Respétennos entonces, como lo que seremos: un testimonio, una insistencia, una memoria.